Ángel Guerra
Ángel Guerra Ángel, en cuanto Francisco dijo el ite misa est, salió de la capilla y de la Catedral, y tomó la dirección del Locum, como si fuera a su casa; pero luego hubo de variar de propósito, y por la calle de la Tripería subió hasta San Juan de la Penitencia, para entrar por la parte del Sur atravesando el patio, que es de los más característicos de Toledo, y metiéndose en la sacristía, cuya puerta le abrió con muestras de respeto la mujer del sacristán. Allí estaba ya Tomé dispuesto para decir su misa. Todavía no había empezado a vestirse, y se paseaba en sotana a lo largo de la pieza, aguardando a que las señoras dieran la orden. No faltaban en la típica sacristía la cajonería de cuarterones, las cornucopias en aguamanil, las puertas pintadas de azul con vivos dorados, los sillones de vaqueta, el pedazo de alfombra antigua, ni los cuadros empolvados y ennegrecidos. El sacristán atizaba el brasero lleno de ascuas para cebar el incensario, y ya tenía el celebrante sus vestiduras y el cáliz sobre la cajonería. No hay que decir cuánto agradaban a Guerra la paz soñolienta y la tímida claridad de aquel recinto. Salió al fin el capellán al altar. La misa era cantada de un solo cura, y a la voz virginal y opaca del autor del Epítome, en quien Dios moraba, respondían las monjitas desde el coro con su salmodia compungida y catarrosa. ¡Qué diferencia entre la pobreza del culto en las olvidadas Franciscas y el esplendor aristocrático de las Bernardas de San Clemente! Pero aquel convento de San Juan había llegado a ser interesantísimo para Guerra, y más simpático y consolador que ninguno, porque el peregrino maridaje que ofrece de lo mudéjar y lo gótico, parecíale fiel espejo de la transición que en tales momentos era un hecho en su alma. En ésta la severidad y unción religiosas se combinaban también con las alharacas del mundano estilo. Durante la misa, a la que sólo asistían tres o cuatro personas, meditó mucho en su evolución o metamorfosis, la cual, después de iniciada, le resultaba menos difícil. Los primeros pasos le habían producido bienestar, cierta alegría pueril y novelera de esa que el mundo compara a la del chiquillo con zapatos nuevos. Reconoció que en los comienzos el culto sólo hablaba a sus ojos y oídos; pero también hubo de notar que no tardaba en herir las fibras del sentimiento, tendiendo a invadir poco a poco los espacios de la razón. Para esto era preciso un método especial que instintivamente puso en práctica desde los primeros días. Del examen de sí propio había sacado en limpio que la oración no afluía de su mente con facilidad y desahogo cuando la practicaba de un modo abstracto, porque mil ideas profanas, confundiéndose con la idea regida por la voluntad, la distraían y embarazaban. Viose, pues, obligado a sujetar el pensamiento por medio de la contemplación sensorial de la imagen o símbolo, de donde vino a deducir la importancia y utilidad del arte en la vida religiosa. Así, cuando oraba encadenándose fuertemente con el símbolo por medio de los ojos, se defendía bien de las distracciones; pero no quedaba satisfecho de sí mismo, y aspiraba a educarse en el rezo metafísico y en las meditaciones abstractas y puras.
