Ángel Guerra

Ángel Guerra

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VII

La trampa

I

De allí se fue por San Miguel a su casa de la calle del Locum, y hasta muy avanzada la noche estuvo escribiendo en pliegos de marquilla; y no debía de serle fácil la tarea, pues a cada instante tachaba, y vuelta a escribir entre renglones. Por fin, después de romper muchas hojas y emborronarlas de nuevo, pareció satisfecho de su obra, y se levantó tronzado de tan larga inmovilidad del cuerpo; estiró los brazos, y se puso a dar paseos por la habitación, a prisita, frotándose las manos que se le habían quedado yertas. Cualquiera que le viese habría comprendido que aquel corre-corre por el cuarto, aquel brillar de los ojos, y el murmurar de los labios, señales eran de que el hombre había dado resolución a un problema trascendente, o encontrado el quid de gravísima dificultad. En vela estuvo hasta muy cerca del día, y cuando se fue a la cama cayó como en un pozo. Las ocho serían cuando entró Teresa a despertarle, cosa desusada, y hubo de darle dos o tres empujones para hacerle abrir los ojos.

—¿Qué hay, qué ocurre? —murmuró el madrileño alarmadísimo—. ¿Qué hora es?


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