Ángel Guerra
Ángel Guerra Era la viuda de Fraile gran madrugadora. Al toque de alba (doce solemnes campanadas que da Mariano poco antes de romper el día, y que se oyen de toda la ciudad), saltaba de su lecho y presurosa se vestía. En ayunas salía de casa, y arrebujada en su mantón color de papel de estraza, con zapatos de patio grueso y mitones obscuros, emprendía la marcha hacia la Catedral, por el jardinillo de los Postes y el Nuncio Viejo, comúnmente sin encontrar un alma. Ya los pájaros piaban saltando de rama en rama en las acacias de la plazuela de San Nicolás. La luz de la aurora, tímida y soñolienta, principiaba a dar vida y color a las partes altas de la ciudad; las sombras de las calles se atenuaban; oíanse cantos de codornices y algún esquilón de convento lejano, cuyo sonido parecía temblar de frío, como la mano de la monja que desde el coro tiraba de la cuerda. En las boca-calles refilaban corrientes de aire glacial, cortantes como espadas de la tierra. Aún no se oían los pregones del lechero y carbonero, ni el trote vivo de los caballos en que se reparte el pan a domicilio.
