Ángel Guerra

Ángel Guerra

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VIII

Por la noche, equilibrado su espíritu, consideró el caso como un fenómeno mental muy en consonancia con la vida que hacía. Pero no dejaba de pensar en él. Después de las nueve, volviendo de la casa de Tomé, en medio de una gran obscuridad, vio delante de sí al clérigo, andando a distancia como de veinte pasos. Al principio dudó si era la imagen que en la Catedral había visto; pero pronto la tuvo por la misma que calzaba y vestía, el propio hijo de doña Sales con teja y manteo. «Me reconozco —pensó—; soy yo mismo; es mi aire, mi andar». Si aceleraba el paso, el clérigo también iba más de prisa; a veces se le perdía en las obscuridades proyectadas por las paredes de San Juan de la Penitencia; a veces, pasando bajo un farol del alumbrado público, veíale tan claro, tan claro, que todas las dudas se disipaban. Dio el fantasma la vuelta de la Cuesta de San Justo, y al ir hacia la devota imagen de Cristo que en el ángulo de la parroquia se venera, cantaba en voz clara el gradual Christus factus est pro nobis obediens usque ad mortem. «Es mi propia voz —decía Ángel, casi sin aliento—. Y ¡qué casualidad! ese mismo gradual lo canté yo esta tarde en la lección del Seminario; luego lo he repetido durante todo el paseo, y paréceme que ahora mismo, sin darme cuenta de ello, repitiéndolo estoy».


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