Ángel Guerra
Ángel Guerra «¡Pobre niño! —Se decía Ángel, que sólo le contestaba con monosílabos, incitándole de continuo al descanso. Anchuras, que acababa de cenar en la cocina, entró en la sala, de puntillas, mientras la señora Gencia, desbaratándose de sueño, bajaba casi a gatas para acostarse. La primera mitad de la noche fue mala para el pobre enfermo, que parecía deshacerse con la tos, y extinguirse en cada acceso de disnea. Sobre las once, se tranquilizó. Anchuras, que ya había descabezado más de un sueñecico, enroscándose en una silla, cogió la puerta y descendió a los aposentos del patio. Quiso Leré que Ángel se marchara; pero éste no la obedeció, temiendo que el capellán se agravase. A las doce, Tomé dormía, y ambos enfermeros platicaban en la mesilla de la sala, separados por una luz y varias medicinas.
Hablaron reposadamente, sin recelo alguno, con infantil abandono, Ángel dándole cuenta de su preparación para la nueva vida, Leré animándole a seguir sin vacilaciones ni desmayos. Luego se trató del Socorro, y sostuvo la hermana que la Congregación, tal como estaba constituida, apenas podía remediar parte mínima de los males que afligen a la humanidad.
