Ángel Guerra
Ángel Guerra Nunca le había oído Guerra cantar en voz alta, como no fuera en los oficios. Sano y en la iglesia, nunca entonó tan bien ni con tanto brío como postrado en el lecho, medio cuerpo ya dentro de la sepultura. Fue verdadero canto de cisne. Pasó el resto de la noche inquietísimo, entre toses horribles y disneas que le ahogaban. No quería que la hermana se separase de él ni un minuto, y para suplicarle que estuviese presente, su voz tomaba tonos infantiles, quejumbrosos. Semejante transformación del carácter anunciaba una crisis nerviosa de las más profundas, y el médico lo declaró así por la mañana, con pronóstico muy poco lisonjero. Si Dios no hacía un milagro, Tomé sucumbiría de una tisis pulmonar galopante, y a la ciencia no le quedaba nada que prescribir, como no fuera paliativos. La exaltación afectiva marcábase más a cada instante, determinando un desusado brillar de la inteligencia. Bien pudiera decirse que le había salido imaginación, como pudiera salir un tumor. En las cavidades cerebrales debió de verificarse fenómeno parecido a la erupción volcánica, al modo que en un olvidado y frío monte se abren cráteres que vomitan fuego. Fuera de los accesos que avisaban la muerte, como delanteros o heraldos, Tomé no padecía físicamente, y en lo moral, el delirio de amor sobrehumano producíale delicias inefables que arrebolaban su rostro y encendían su mirar. Al contrario de lo que en las postrimerías de los tísicos suele acontecer, el capellancito no hacía proyectos de vida, sino de muerte, ni perseguía la quimera de ponerse bien. La ilusión que tenía de áureos matices sus últimos instantes era morir santamente. ¿De dónde provenían las palabras tiernas que brotaban de sus labios, de dónde las ideas luminosas que relampagueaban en su cerebro? No es fácil decirlo. Pero aquel arrebato de amor espiritual no habría sido tan vivo y ardiente sin la presencia de la hermanita del Socorro. Mirándola se quedaba como en éxtasis, y pronunciaba frases y expresiones que podrían conceptuarse dichas por un ser intruso, escondido en la caduca armazón corporal del pobre don Tomé.
