Ángel Guerra

Ángel Guerra

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XII

Apareció Leré, la cara risueña, fresca, recién lavada con agua fría, y sus primeras palabras fueron para informarse de cómo estaba el niño. Empleaba un tono semejante al que se emplea con las criaturas. «Bendita sea usted y benditísima la hora en que vino al mundo» —le dijo Tomé cruzando las manos.

Púsose a rezar mientras Leré cogía la escoba para barrer la sala. No tardaron en sentir a la señora Gencia, revolviendo en el patio, y ella y Anchuras, saltando sobre montones de trapos, huesos y herrajes, subieron a ver cómo había pasado la noche el sobrinico. Quiso Gencia quitarle la escoba a la hermana; pero ésta no lo consintió. Al fin tuvo que soltarla, porque al capellán le dio una congoja tan fuerte que creyeron se quedaba en ella. La tía, que fácilmente se acobardaba, empezó a llorar como un ternero. El médico, que vino cuando Tomé no había salido aún de su paroxismo, mandó que trajeran la Extremaunción, y Ángel fue a avisar a San Justo. Al llegar con el cura que traía los Santos óleos, Tomé se había repuesto, y recibió el Sacramento en estado de completo despejo mental. Conmovedora fue la ceremonia, y admirables la serenidad y alegría con que el moribundo se dejó imponer la cristiana unción, señal de ser despachado irrevocablemente para el otro barrio.


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