Ángel Guerra
Ángel Guerra II
Casado confesor y consejero
Dieron tierra al inocente Tomé poco antes de las doce de un día espléndido, sin una nube en el Cielo, día primaveral, risueño y consolador que se metía por los poros y por los sentidos, alegrando sangre y alma, y fortificando las fuentes de la vida. Aun dentro del cementerio no resultaba triste la mañana. Cantaban los pajarillos sobre las sepulturas, y en las abiertas y vacías se colaba el sol vivificador como si de broma quisiera enterrarse. La caja que guardaba el cuerpo seco y frío de Tomé cayó en lo profundo silenciosa, y se agazapó allí dentro como en un nido, que había de ser eterno. Los que conocían bien al muerto se figuraban a éste gozoso en el acto de recibir encima la sábana de tierra y abrigarse con ella. No se oyeron lástimas tiernas ni suspiros hondos. El sacristán de las monjas echó de menos un ramo de azucenas en las manos yertas del difunto.
