Ángel Guerra

Ángel Guerra

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V

Dos cosas calmaron el coraje homérico de Simón García Babel: la presencia de su hija, que solía ser nuncio de una era de provisiones, y estas palabras de doña Catalina, que cayeron en medio del campo de Agramante como una bomba de paz: «Ea, Simón y Pito, estúpidos, no os sofoquéis, que vamos a cenar». Esta frase sublime determinó en la cara del inválido marino una iluminación singular. El resplandor indeciso de sus ojos azules parecía llamarada de alcohol flotando sobre la aspereza del corcho insensible. Cara más áspera, más amojamada no se podía ver, comparable quizás, más que al alcornoque, a una esponja vieja y reseca, surcada de cortes y desgarraduras profundísimas. Era su frente cuarteada, como la piel del cocodrilo; su pescuezo como un manojo de raíces de droguería; sus manos, forzudas aún, revelaban parentesco con el cabo de filamento de coco; sus barbas blancas a trechos, a trechos verdosas, crecían entre las grietas de la piel como el escaramujo en un casco que ha navegado largo tiempo sin entrar en dique.

Don Simón, acariciando a su hija y desenojándose, súbitamente, le dijo: «¿Has visto ese majadero de Bailón? ¡Proponer que haya Cortes Constituyentes! Eso no se le ocurre ni al que asó la manteca».


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