Ángel Guerra

Ángel Guerra

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GUERRA.— Créame, Juan: de mis conversaciones con ella salgo siempre dispuesto a dejar tamañitos a los santos del cielo.

CASADO.— Eso no está mal… El cigarro es infame. Este debe de ser de las tabaquerías del Infierno, y de los que se fuma el perro cabrón ese, más feo que yo, y más malo que su madre, la serpiente del Paraíso… Y para concluir, sepamos también de una vez cuándo se pone mano en esa fundación, que Toledo aguarda como la novena maravilla. ¿Es una secuela del Socorro, con más amplitud, con más elementos? ¿Es algo nuevo que exige autorización pontificia? ¿Será simplemente toledana, o tendrá ramificaciones en toda la Península, radicando aquí la casa matriz? ¿Abraza la beneficencia domiciliaria y la hospitalaria? ¿Qué nombre, qué advocación llevará?

GUERRA.— Ahora mismo le sacaré a usted de dudas.

III

No contaban con las interrupciones impertinentes. Apenas había empezado Ángel a explicarse, cuando entre su palabra y la curiosidad de su amigo se interpuso un cuerpo extraño, que hizo suspender la relación. No era otro que Eleuterio García Virones, pretendiente fastidioso de la capellanía de la Penitencia, el cual, al proyectar su estampa sobre la mesa, llenó de consternación a los dos que en ella, charlaban.


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