Ángel Guerra
Ángel Guerra Salieron a recrear la vista en la hermosura del campo florido, ya con toda la lozanía y frescura de Abril, y Ángel dio explicaciones a su amigo sobre las novedades que allí encontraba. Habiéndole propuesto en buenas condiciones la compra del cigarral colindante, no vaciló en adquirirlo para ensanchar sus dominios. Más que por su extensión, superior a la de Guadalupe, gustole Turleque por su espaciosa casa, la cual, modificada en su distribución interior, podría servir de albergue cómodo para quince o veinte personas. En ella pensaba el fundador instalar, por vía de ensayo, a unos cuantos infelices que, arrimados ya al calorcillo de su caridad, formaban parte de su familia doméstica y en cierto modo religiosa. Los albañiles que Casado vio al entrar trabajaban en la reparación del edificio de Turleque, recorriendo el tejado, armando tabiques y abriendo puertas y ventanas. En otra casa de la misma finca vivían los cigarraleros de ella, marido y mujer, ambos de ancianidad bíblica, que Ángel no quiso despedir, aunque no los necesitaba.
