Ángel Guerra
Ángel Guerra Llegada Semana Santa, se suspendieron los trabajos, con gran disgusto de Virones, que, según decía, estaba en su elemento cargando peñascos y abriendo cajas de cimientos. No quiso ir a Toledo ni a tiros, y se pasaba el tiempo trayendo leña de la Degollada. En cambio, el apóstol Mateo decidió echarse a pechos todas las funciones de la Semana Mayor en la Catedral, y aunque se sentía lastimado en su amor propio, por el desprecio que el Cabildo hizo de su persona en la elección de los trece pobres para el Lavatorio, no le fue difícil perdonar tamaña injusticia.
La ciega también quiso ir a la Catedral, y Jesús servíale de lazarillo, no muy a gusto, la verdad sea dicha, porque el señor le había dado para que jugase un cabritillo precioso, blanco y saltón, y todo el santo día se lo pasaba el chico con su animal atado de una cuerda, paseo arriba paseo abajo, estimándole más que a las niñas de sus ojos. El niño y la bestiezuela graciosa hacían un grupo encantador.
