Ángel Guerra
Ángel Guerra El bárbaro aquel se introdujo, rezongando, en el lóbrego mechinal donde dormía, y Leré contó todas las horas de la noche junto a su enferma, que tuvo ratos larguísimos de insomnio y crueles sufrimientos.
No esperó Ángel a llegar al cigarral para hacer a Lucía y su acompañante preguntas mil. Como se le había encargado el secreto, la ciega no mentó al pajarraco que en la vivienda de su hermana se escondía. Jesús fue sometido a un prolijo interrogatorio. «¿Qué has visto? A ver; cuéntame».
—Una monja.
—¿Y cómo era?
—Bonita.
Guerra se detuvo en el camino más de una vez para mirarle atentamente, escrutando sus pupilas de Niño Dios. Creía distinguir en el fondo, muy en el fondo de ellas, la imagen de Leré, del tamaño de un cañamoncito.
«¿Y no te dijo nada?»
—Me preguntó que si era amigo tuyo.
—Tú le responderías que sí. ¿Y no te dio nada?
—Pan y cinco pasas… Adentro había una mujer mala.
—¡Una mujer mala!
—Sí, acostada y llorando, porque le han cortado el cuerpo… No, el cuerpo no… esto.
—Ya.
