Ángel Guerra

Ángel Guerra

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VI

Salió de la Catedral medio trastornado. Las carracas anunciaban la procesión, y un gran gentío se agolpaba en la calle de la Trinidad esperándola. Fue por allí en busca de Mateo y Lucía para recogerles, y alcanzó a ver sobre la movible muchedumbre las figuras de los pasos, que avanzaban con ese balanceo peculiar de las imágenes llevadas al hombro, sacudiéndose a derecha e izquierda en su rigidez estatuaria. Pareciole todo irrisorio y populachero, triste desilusión del ritual de por la mañana, tan hermosamente ideológico. Alejose buscando su camino, y allá por la Judería encontró a la ciega y al apóstol que le habían tomado la delantera. Siguioles a cierta distancia; a ratos se les unía y les hablaba; luego quedábase atrás, ansioso de soledad y meditación. Tal era el cansancio de todos, que echaban una sentadita siempre que encontraban dónde. Por fin, con estas paradas, se les vino la noche encima, y más allá del puente observó Ángel el cielo cargadísimo y ceñudo por la parte de Occidente, con cariz de chubasco. La atmósfera pesada y bochornosa amenazaba con algún trastorno meteorológico, que a Guerra le pareció de rúbrica en tal fecha, y que concordaba muy bien, además, con la tempestuosa opresión que él en su espíritu sentía.


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