Ángel Guerra

Ángel Guerra

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Trató de ir hacia allá; mas las piernas no le obedecieron. En esto observó que el cabritillo reaparecía, como antes, travieso y saltón, meneando la cola. Al volver a mirar para la fuente, ya las blancas mujeres desfilaban una tras otra, y desaparecieron en pocos minutos. Tratando de avanzar, metió los pies en un charco, y el frío le refrescó la memoria de los sucesos precursores de las singulares escenas terroríficas que se han descrito. Entonces empezó a gritar: «Jesús, Jesús, ¿dónde estás?» Nadie le respondió de lo alto de la tenebrosa y áspera sima en cuyo fondo se encontraba. Trató de subir, mas no halló la vereda. «¿Qué hora será?» pensaba, y mirando al Cielo, vio a Régulo donde mismo le había visto antes.

VII

Noche de zozobra y susto fue aquella para los habitantes de Guadalupe y Turleque, viendo que transcurrían las horas y el amo no parecía. Por fin salieron a buscarle, siguiendo las indicaciones de Mateo y Jesús, y exploraron con hachas de viento toda la barranquera sin hallar ni rastros del descarriado Ángel. Divididos luego los buscadores, Pito y Cornejo, que habían tomado la vuelta del arroyo de la Cabeza, encontraronle al romper el día, como a una legua del sitio en que según Mateo se había perdido.


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