Cádiz
Cádiz Ni esta consideración me hizo apartar de la estancia que nos servía de observatorio; pero afortunadamente doña María no entró por allí, y pasando primero a su alcoba, penetró por esta a la funesta habitación donde ocurriera el sainete que iba a terminar en tragedia. Nosotros nos pusimos en disposición de poder oírlo todo sin ser vistos, aunque también sin ver nada. Sepulcral silencio reinó por breve tiempo en la pieza, y al fin interrumpiole la condesa, diciendo con la mayor severidad:
—¿Qué desorden es este? Inés, Asunción, Presentación… ese altar destrozado, esos vestidos por el suelo… Niñas, ¿por qué estáis tan sofocadas, por qué tenéis tan encendido el rostro?… Tembláis… Vamos a ver; Sr. D. Paco, ¿qué ha pasado aquí?… ¿Pero qué veo? Señor D. Paco, señor preceptor, ¿por qué tiene usted destrozada la ropa?… ¡Pues y ese gran cardenal en el carrillo…? ¿Ha estado usted quitando telarañas con la peluca?
—Se… se… señora doña María de mi alma —dijo el ayo con voz trémula y cierto hipo producido por su gran zozobra y la lucha que diversos sentimientos sostenían sin duda entonces en su pobre alma— yo no puedo callar más… Mi conciencia no me lo permite. Yo… hace cuarenta años que co… co… como el pan de esta casa… y no puedo…
