Cádiz
Cádiz —¡Oh!, señora —exclamé con vehemencia— eso no sucederá mientras usted y yo vivamos para impedirlo. Hablemos a Inés, revelémosle lo que ya debiera saber…
—Díselo tú, si te atreves…
—¿Pues no me he de atrever?…
—Debo advertirte otra cosa que ignoras, Gabriel; una cosa que tal vez te cause tristeza; pero que debes saber… ¿Tú crees conservar sobre ella el ascendiente que tuviste hace algún tiempo y que conservaste aun después de haber mudado tan bruscamente de fortuna?
—Señora —repuse—, no puedo concebir que haya perdido ese ascendiente. Perdóneseme la vanidad.