Cádiz
Cádiz —Pero hombre, tú estás tonto. Si te he traído aquí para que me ampares. Tú no sabes que ahora mi señora mamá, después que ponga fin a la justiciada de allá, ha de venir a emprenderla conmigo por la escapatoria de ayer tarde. ¿Olvidas, hombre ligero y frívolo, que has de atestiguar que me viste ayer ocupado en dar vueltas a la noria?
—No quiero farsas, ni falsos testimonios, ni tengo para qué ver a doña María… Adiós.
—Hombre cruel, detente. Mi madre sale.
En efecto, en el corredor atrapome la señora condesa, la cual después de mostrarse sorprendida y no muy agradablemente con mi presencia, me saludó, obligándome a pasar a la sala.
—¿Estabas aquí? —preguntó a su hijo.
—Sí, señora: Gabriel y yo estábamos en mi cuarto leyendo unos libros de aritmética, y él me enseñaba a encontrar la quinta parte por un medio nuevo; y como ayer cuando estuvimos viendo dar vueltas a la noria, yo aposté a que no podía ser tal cosa, vino hoy a demostrármelo.
—¿Conque estuvieron ustedes ayer tarde en la noria?
—Sí, señora; dando vueltas a la noria… quiero decir, viendo.
—Es un entretenimiento inofensivo…
—Sí, señora… e instructivo.