Cádiz
Cádiz Poseía en alto grado el don de la fantasía; la falta de instrucción profana unida a aquella cualidad, la hacía incurrir en desatinos encantadores. No sólo en aquella ocasión, sino en otras varias, observé que al separarse de doña María y al sentirse libre del peso de aquella gran losa de la autoridad materna, desbordábanse en ella con desenfrenada impetuosidad, fantasía, sentimiento, ideas y deseos. Presenciando la sesión, no cabía en sí misma; tan inquieta estaba, y tan sublevados sus nervios y tan impresionados sus sentidos.
—Señor de Araceli —me dijo después que por un instante meditó— ¿y esto para qué es?
—¿El Congreso?
—Sí, eso es; quiero decir que para qué sirve el Congreso.
—Sirve para gobernar a los pueblos, juntamente con el rey.
—Comprendido, comprendido —repuso vivamente agitando su abaniquillo—. Quiere decir que todos estos caballeros vienen aquí a predicar, y así como los curas de las iglesias predican diciendo que seamos buenos, los procuradores de la nación predican otras cosas; viene la gente, los oye y nada más. Sólo que, según dicen los que van de noche a casa, los diputados predican que seamos malos, y esto es lo que no entiendo.
—Esos discursos —le contesté risueño— no son sermones, son debates.