Cádiz
Cádiz —Pues yo lo entiendo de este modo… Pongo por caso… las Cortes dirán: ordeno y mando, que todos los españoles salgan a paseo por las tardes, y vayan una vez al mes al teatro, y se asomen al balcón después de haber hecho sus obligaciones… Prohíbo que las familias recen más de un rosario completo al día… Prohíbo que se case a nadie contra su voluntad y que se descase a quien quiere hacerlo… Todo el mundo puede estar alegre siempre que no ofenda al decoro…
—Las Cortes harán eso y mucho más.
—¡Oh, Sr. Araceli, yo estoy muy alegre!
—¿Por qué?
—No sé por qué. Siento deseos de reír a carcajadas. Siempre que salgo de casa, y voy a alguna parte donde puedo estar con alguna libertad, me parece que el alma quiere salírseme del cuerpo y volar bailando y saltando por el mundo; me embriaga la atmósfera y la luz me embelesa. Todo cuanto veo me parece hermoso, cuanto oigo elocuente (menos lo de Ostolaza), todos los hombres justos y buenos, todas las mujeres guapas, y me parece que las casas, la calle, el cielo, las Cortes con su presidente y su preopinante me saludan sonriendo. ¡Oh, qué bien estoy aquí! Inés y Asunción no parecen, D. Paco tampoco. Cuanto más tarde vengan mejor. Otra cosa…, ¿por qué no ha seguido usted yendo a casa por las noches? Nosotras nos hemos reído de usted.
—¿De mí? —pregunté con turbación.