Cádiz

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- XIX -

E pronto miré a la tribuna de señoras, que estaba al lado de la Epístola, en lo que podemos llamar el proscenio de la iglesia, y creí distinguir a las dos muchachas.

—¡Allí están, allí están!… —dije a mi acompañante.

—Sí, y en la tribuna inmediata, que es la de los diplomáticos, está lord Gray. ¿No le ve usted?… Está con la cabeza entre las manos, pensativo y meditabundo.

—No habla con ellas, ni puede hablar, porque una tabla les separa. Acaban de entrar en este momento.

Llegó a la sazón D. Paco, rojo como un pimiento, y abriéndose paso por entre la apiñada muchedumbre de galerios (así llamaban a los devotos de aquella religión, y así les nombraron después en son de remoquete en el tiempo de las persecuciones), acercósenos y nos dijo:

—¡Gracias a Dios que han parecido!… Lord Gray las llevó engañadas al campanario de la iglesia… después adentro… después a la calle… ¿Hase visto infamia semejante?… ¡Estoy bramando de furor!… ¿Qué habrán hecho, señor de Araceli, qué habrán hecho?… La señora doña Inesita estaba más pálida que una muerta, y la señora doña Asuncioncita más roja que una amapola… Vámonos, niña, vámonos de aquí.

—Sí, vámonos —repetí yo.


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