Cádiz
Cádiz —Caballero —dijo otro— ¿se podría saber quién es usted?
—Soy D. Francisco Xavier de Jindama —repuso con timidez y urbanidad el viejo.
—Lo digo porque en cuanto le vi a usted y le oí, diome olor a lechucería.
—Quiere decir que es usted de la hermandad de los bobos —añadió una moza que frontera a D. Paco estaba—. Con su voz de matraca no nos deja oír los escursos.
—Haya paz, señores —exclamó un tercero— y silencio. Aquí no se viene a lamentarse de que los asnos no puedan entrar en la heredad ajena.
—El asno será él.
—¡Orden y conveniencia! —gritó el portero—. Si no, en nombre de Su Majestad les echo a todos a la calle.
—Aquí no hay ninguna Majestad —dijo D. Paco.
—La Majestad son las Cortes, señor esparaván —afirmó con enfado un galerio.
—Es de los que vienen a aplaudir cuando rebuzna Ostolaza —dijo otro señalando a don Paco.