Cádiz
Cádiz —No, después de esto, ni una sola vez he conseguido verla. ¡Qué desesperación! Las tres muchachas no salen de casa, sino custodiadas por la autoridad de doña María. Aquí doña Flora y yo hemos trabajado lo que no es decible para que lord Gray se franquease con nosotras, y nos lo revelara; pero es tan prudente y callado, que guarda su secreto como un avaro su tesoro. Lo sabemos por las criadas, por la murmuración de algunas, muy pocas personas de las que van a la casa. No hay duda de que es cierto, hijo mío. Ten resignación y no nos des un disgusto. Cuidado con el suicidio.
—¿Yo? —dije afectando indiferencia.
—Toma, toma aire, que te incendias por todos lados —me dijo agitando delante de mí su abanico—. Don Rodrigo en la horca no tiene más orgullo que este general en agraz.
Cuando esto decía, sentí la voz de doña Flora y los pasos de un hombre. Doña Flora dijo:
—Pase usted milord, que aquí está la condesa.
—Mírale… verás —me dijo Amaranta con crueldad— y juzgarás por ti mismo si la niña ha tenido mal gusto.