De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Despavorido, y sin malditas ganas de aceptar el caballeresco juicio de Dios que el otro le proponía, D. Víctor no pensó más que en ponerse en salvo, y recogiéndose los largos faldones, apretó a correr con toda la ligereza de piernas que le permitía su robusta humanidad, de libras. Sin volver atrás la vista, brincó entre zarzales, franqueó zanjas de inmundicia, y hasta que no se puso a larga distancia, no tomó resuello. D. Pedro le persiguió furibundo, esgrimiendo el palo, hasta que rendida del colosal esfuerzo su máquina respiratoria, cayó en tierra como un tronco, rezongando: «Canalla, me la pagarás… ¡Decir que es tal!… ¡Difamar a mi señora!… O te desdices, o…».