De Oñate a la granja
De Oñate a la granja «Me parece —dijo Iglesias, medio ronco ya de tanto vociferar—, que esa buena señora tendrá que volverse pronto a su pueblo, a esa Parténope con que nos han mareado los poetas.
—En ese caso —indicó Serrano, más ronco todavía que su compañero—, ¿conservaremos la Regencia una, o estableceremos la trina?
—Tan torcidas pueden venir las cosas —afirmó Iglesias dando a sus palabras una intención profética y misteriosa—, que ni Regencia necesitemos. ¿Quién sabe lo que puede sobrevenir? Tales disparates hacen en Palacio y tan ciegos están allí, que los cálculos y previsiones de los más expertos fallan… Esto es ya una casa de locos. ¿A dónde vamos? La honda no sabe a dónde irá a parar la piedra.
—Pues todavía falta lo mejor. Resueltamente deja el mando del Norte el general Córdova —dijo Fonsagrada—. ¿A quién nombrarán?
—A cualquiera —indicó Iglesias—. Para lo que ha de hacer, lo mismo da Pedro que Juan. Esta guerra no se acaba ya por los procedimientos comunes. Puesto que no tenemos un Hoche…».
El auditorio se quedó suspenso: ninguno de los presentes sabía quién era Hoche…