De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Leyó de nuevo la carta D. Pedro, más que gozoso alborozado; y aunque la carta no aclaraba por completo las dudas respecto a la condición social de la mascarita, la promesa que esta le hacía de quitarse el velo, que así ocultaba su rostro como su personalidad, motivo era de satisfacción y júbilo. Sin acordarse de comer ni parar mientes en que para este fin capital le había ya llamado dos veces Delfinita, no pensó más que en escribir a la velada, pareciéndole poco el papel que al volver a casa se le había ocurrido comprar. «¡Vaya, que no ha sido esta mala corazonada! —se decía sonriente, preparándose de tintero y pluma—. ¿Por qué me dio aquel súpito de comprar papel?… ¿Por escribir a los primos? No, no, no era esto: tres veces les he escrito, y no me han contestado esos tunantes… Fue que yo barruntaba… Lo presentía dudándolo; lo creía temeroso de equivocarme… ¿Qué voz secreta me dijo en la calle de Fuencarral que esta noche necesitaría escribir?… ¿Qué travieso geniecillo…? ¡Oh, no hablemos de geniecillos los que creemos en el Espíritu Santo!».