De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Continuó picando la conversación en el candente asunto de la embestida de los cristinos a las posiciones de Arlabán, que unos tenían por cierto y otros no, y al fin, hartos de judías, huevos cocidos, pescado en salmuera y nueces, empezaron a desfilar: los más impacientes y activos resolvieron no acostarse sin ver confirmadas o desmentidas las noticias guerreras que corrían, y para esto no había cosa mejor que dirigirse a los centros, donde seguramente habrían llegado partes. «Yo me voy a Guerra —dijo uno—, que algo sabrán allí». «Y yo a Palacio —declaró Sureda—; entro de guardia esta noche». «Pues yo —manifestó Ibarburu con retintín—, me voy a Gracia y Justicia, donde tenemos multitud de asuntos al despacho, y francamente, ni el Sr. Arias Teijeiro ni yo gustamos de que se aglomeren los negocios». Gelos se fue a la tertulia del Sr. Echevarría, al extremo de calle Barria, y Matías Urra no se acostaba sin meter sus narices en la botica, primero, y después en casa del señor Vicario, su grande amigo.