De Oñate a la granja

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En el claustro alto veíanse también rótulos indicadores de los diferentes ramos del organismo militar, a excepción de la crujía de Poniente, separada de las demás por una cancela provisional, con mampara. Por allí se entraba a la rectoral y biblioteca, y a la residencia del Príncipe. Un portero anciano, con casaca amarilla, les introdujo al instante en la biblioteca, donde comúnmente recibía Su Alteza las visitas. Era D. Sebastián de estatura mediana, tirando a corta, de pocas carnes, el rostro grave y desapacible, con un poco de estrabismo en los ojos, bien afeitado, el cabello compuesto al uso con un poquito de melena ahuecada sobre las orejas, y la raya al lado izquierdo del cráneo. Si vulgarísimo era por su figura, no así por sus modales, de exquisita distinción: digno sin altanería, accesible, cariñoso, conservando siempre la superior postura. Sabía ser Infante de España; sabía sostener su papel de ilustrado, peregrino papel en príncipes, y aun engalanarse con la flor de la modestia, que tan difícilmente se cría en la seca atmósfera de la adulación. Muy grata fue para Calpena la amabilidad con que don Sebastián Gabriel le recibió. Aunque Su Alteza disponía de poco tiempo, les mandó sentarse junto a una mesa atestada de mapas y librotes voluminosos. «Ya me ha dicho Rapella lo mucho que usted vale. Siento que su venida a esta ciudad haya sido en ocasión tan impropia para platicar de cosas de arte, lenguas y literatura. También yo tengo mis aficiones; pero la guerra ¡ay! y esta situación de continua inestabilidad, me privan de consagrarme a mis estudios favoritos. Confío en que vendrán tiempos mejores; ya iremos a Madrid, y allí, con toda calma… ¿Verdad, amigo Rapella, que iremos pronto a Madrid? ¿Qué piensa usted?


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