De Oñate a la granja

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Y Rapella con seguro instinto acudió a reforzar esta idea, diciendo: «Tenemos aquí a un hombre que desde niño ha ejercitado sus facultades en los estudios históricos y literarios, y fuera de ellos es un ángel de inocencia. Me permitiré hacer una observación. Su carácter altivo y la independencia de que goza son causa de que no haya ocupado aún en la esfera escolástica del Reino la posición que le corresponde… Sí, sí, querido Calpena, hago traición a tu modestia, manifestando a Su Alteza que acaricias la ilusión de desempeñar en este apartado pueblo, tan propicio al estudio, el noble ministerio de la enseñanza… No te atreves a decirlo; pero yo sé que esa es tu idea… Te encanta este honrado país, te empujan hacia acá tus hábitos metódicos, tu carácter apacible; te solicita desde aquí ¿por qué no decirlo de una vez? la atracción que ejercen sobre tu espíritu las ideas de estos ilustres señores y el régimen absoluto. Conocedor de tus pensamientos, porque poseo tu confianza, quiero ser tu órgano de expresión; la facultad de la franqueza que te falta, yo la suplo con mi atrevimiento… Sí, sí, Serenísimo Señor, este joven sería feliz consagrando su vida y su talento a las tareas de la enseñanza en cualquier localidad de la nueva Monarquía… Pues él no lo dice, lo digo yo, que le quiero como a un hermano, y no deseo más que su bien».



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