De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Y no acababa de decirlo cuando entraron presurosos dos señores, uno de ellos Cerio, el otro un ayudante de González Moreno: traían noticias, que comunicaron a Su Alteza sin que Rapella y su amigo pudieran enterarse. Las noticias no debían de ser muy buenas, a juzgar por la cara que puso D. Sebastián al oírles. Volviose luego a los visitantes, con cierta premura, como queriendo significarles de una manera delicada que tomaran la puerta.
«No debemos entretener más tiempo a Vuestra Alteza —dijo Rapella. Y el Príncipe:
—Nos veremos otra vez… Ya sabe el señor… Reválida para la incorporación de grados, pruebas de piedad… juramento de defender el misterio de la Inmaculada Concepción, de condenar la impía doctrina del regicidio, la absurda soberanía del pueblo, el filosofismo anárquico… juramento de no pertenecer ni haber pertenecido a ninguna sociedad secreta… en fin, vea la Gaceta, decreto del 9 de Abril… Adiós, señores…».