De Oñate a la granja

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Hizo gala el Sr. Rapella, en todo el curso de la comida, de su exquisita urbanidad, y para cada uno de los comensales tuvo una frase grata. Manifestó que se abstenía delicadamente, porque así se lo ordenaba su carácter diplomático, de expresar opiniones de política interior y del giro de la campaña, aunque hacía votos porque el Altísimo bendijera las armas de Carlos V. Buscó y halló coyuntura para deslizar en la conversación algunas ideas que enaltecieran su personalidad a los ojos de aquellos inocentes funcionarios de un reino ilusorio. Véase la muestra: «Créanlo ustedes: en el extranjero, todas las miradas están fijas en este naciente Reino… Si algo vale mi opinión, no esperen ustedes gran cosa de Roma. ¡Roma, señores…! la conozco bien… Roma es Roma, la cabeza del orbe católico… pero por lo mismo, por su misión universal y divina, no puede volver la espalda resueltamente a un Estado establecido… ¿De Viena y Berlín qué he de decirles? Es un asunto este del cual me permitirán que no diga nada. Turín y Nápoles son amigos leales, y harán todo lo que puedan… Pero con quien hay que tener mucho cuidado es con Londres, con ese Saint James astuto, cuyo poder en el concierto europeo es indudable. Ya sabrán ustedes que a Canning le ha sabido mal el decreto de Su Majestad Católica contra los extranjeros que sirven en el ejército cristino. Este decreto inhumano no puede ser grato a la Inglaterra; esperamos que el rey D Carlos acuerde su revocación; de eso se trata… Su Majestad, que es un entendimiento luminoso, se hará cargo de las razones que se le exponen».


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