De Oñate a la granja

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—Parece que me adivina usted. Es eso mismo, Sr. D. Fernando. Mi padre, que jamás había parado mientes en la política, pues ni aun el año 20, según oí contar, tomó partido por nadie, en cuanto se quedó viudo, por influencia quizás de la soledad y tristeza, varió completamente de costumbres y aficiones, desviándose hasta de su placer favorito, la caza. En aquellos días, La Guardia era un torbellino de pasiones y entusiasmos por esta o la otra causa, por estos o los otros derechos malditos, y mi padre fue arrastrado en aquellos oleajes, alzando bandera por la Reina niña con tanta fe, con tanto calor, que nos puso en gran desasosiego a mi hermana y a mí… porque ha de saber usted que en la villa andaban a tiros cada lunes y cada martes por un Quítame allá un Carlos o un Ponme acá una Isabel. ¡No puede usted figurarse qué alborotos, qué trapisondas, qué sustos…! Siempre había sido mi padre aficionado a las buenas lecturas, y por las noches, en las veladas de invierno, se recreaba en su escogida biblioteca, y a mi madre y a nosotras nos leía pasajes entretenidos de viajes, novelas, o de historias muy interesantes. Pero desde que le tocó la demencia política, ¿usted sabe los libros y papeles que entraban en casa? Tres veces por semana nos traía el bagajero de Vitoria un fajo así, de folletos y periódicos, todos echando chispas, vomitando veneno. Y con los papelotes chicos venían después carros cargados de Enciclopedias, de obras como misales, que trataban de libertad y cortes, de revoluciones y demonios coronados. En fin, que mi padre se pasaba los días y las noches devorando todo aquel fárrago, o discutiendo de política con los amigos que iban a darle tertulia, y de tanto leer y de tanto pensar en aquellos maldecidos negocios, se fue poniendo como Don Quijote con los libros de caballería, enteramente perdido de la cabeza, sin hablar de cosa alguna que no fuera aquel cansado tema, y llegando hasta creer que Dios le mandaba realizar no sé qué hazañas fabulosas, por las cuales reinaría en España y en todo el mundo la Dulcinea que adoraba… Advierta usted que la Dulcinea de mi buen padre era la Libertad, esa señora hermosísima, según dicen, pero que a mí me parece tan imaginaria como la del Toboso; vamos, que no existe más que en la voluntad de los caballeros que la han tomado por divisa y bandera de sus aventuras.


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