De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Y tendido nuevamente en su lecho de yerba, zarandeado por los traqueteos del vehículo, siguió repitiendo: «¡A casa!…». No decía más, ni sabía decir otra cosa, porque la parálisis le iba quitando gradualmente, por zonas, sus energías y facultades, ideas, memoria, palabras; de estas quedábanle ya muy pocas. Observando que a cada instante ladeaba la cabeza a una parte y otra, y que se llevaba al pecho la única mano de que disponía, su hija, inquieta, le preguntó si sentía alguna molestia o dolor. Èl denegó con la cabeza, respondiendo tan sólo: «A casa…». Luego pareció más sosegado; cerró los ojos. «Duérmase, padrecito, descanse. Ya somos felices… ya hemos salido de aquel purgatorio». Inmóvil, aletargado, aún dijo tres veces: «¡A casa!».