De Oñate a la granja

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—Francisco Serrano Domínguez, para servir a usted y a estas señoritas… Nos hemos visto no hace mucho, allá por Febrero debió de ser, en casa de mi madre, en Madrid. Mi madre tiene una tertulia a que concurren personas muy distinguidas, y usted fue una noche llevado por Miguel de los Santos.

—¡Oh, sí, ya!… ¡Pues poco que hablamos aquella noche! Fernando Calpena, para servirle. Deme usted esos cinco, Sr. Serrano, y hágame el favor de mandar a su médico, o al albéitar si lo trae, que me mire esta pierna y me ponga algo que aplaque los dolores que empiezo a sentir.

—Al momento. Esperad un poco».

Y cuando le vieron alejarse, las dos niñas, consternadas, trataron de curar a su libertador. Mientras Gracia cortaba el pantalón hasta descubrir el sitio del balazo, Demetria reunía todos los pañuelos que llevaban para improvisar un vendaje conveniente. Volvió a la sazón Serrano muy satisfecho: venía de ver el cadáver del escopetero, y dijo a Calpena: «No sabe usted bien el servicio que nos ha hecho librándonos de ese bandido, el más malo, el más sagaz de cuantos andan por aquí. Merece usted que se le proponga para una cruz.

—Pues si buena cruz hemos ganado, buen balazo nos cuesta.


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