De Oñate a la granja
De Oñate a la granja Subió Calpena a su cuarto, muy dichoso de haber hecho aquel conocimiento, no sólo porque rompía el monótono y acompasado tedio de la vida carcelaria, sino porque del trato de aquella desdichada hez de la plebe turbulenta, esperaba obtener noticias de sucesos exteriores para él muy interesantes. Encontró a Hillo muy embebecido en la lectura de un librote que el segundo alcaide le había prestado, y era nada menos que la Vida de Carlos XII de Suecia, del amigo Voltaire.
«¿No sabes, clérigo —le dijo gozoso—, lo que me pasa? Pues sin sospecharlo, ni tener de ello la menor noticia, he sido un conspirador terrible… Mi especialidad es seducir a los cabos y sargentos de la Guardia Real, encariñándoles con la libertad y con el venerando código del 12.
—Hijo, de algún modo se ha de justificar tu prisión. ¿Y de mí qué se dice?
—¿De ti? Que armabas un complot tremebundo para implantar una republiquita a estilo ateniense… poniendo de protector o de tirano democrático…
—¿A quién?
—Al espejo de los caballeros, general Córdova…
—Pues mira, no estaría mal… Me satisface haber tenido esa idea —dijo Hillo siguiendo la broma—. Pero en mi calidad de eclesiástico, más cuerdo sería proponer para cabeza de esa república a Fray Cirilo de Alameda y Brea.
