De Oñate a la granja
De Oñate a la granja El jaquetón de sombrero ancho y botas, con patillitas de boca e jacha, quiso distinguirse por lo cariñoso y expresivo. Saludó con acento andaluz, que a Calpena le pareció afectado y mentiroso. En efecto: el señor Canencia, vástago de una dinastía de conspiradores que venía alborotando desde la francesada, era un andaluz muy crúo, natural… de Candelario. Pero habiendo rodado por Sevilla y Cádiz, algo también por Melilla, adoptó la pronunciación de aquellas tierras, por creerla más en armonía con sus pensamientos audaces, revoltosos y su natural pendenciero. Ceceaba por presunción de guapeza; su andalucismo era más de cuarteles madrileños que de sevillanos bodegones. Lo mismo servía para enseñar a los pobres pistolos la buena doctrina constituyente, que para dirimir las contiendas de juego, mojando en el primero que se le ponía por delante. Pero si le apuraban a reñir de verdad, y se encontraba frente a un rival poeroso, se llenaba de prudencia, y decía: No quiero espuntar la navaja en er güeso de un amigo. Era el abanderado de todos los motines, y el que más bulla metía, el más arrastrado y avieso si en el motín corría sangre; desplegaba un valor heroico siempre que en la asonada hubiese tropa fraternizando con el pueblo. En un tiempo en que las cartas motinescas venían mal dadas, metiose a contrabandista, allá por Huelva; pero le salió mal la cuenta, y el bromazo le costó dos años de andar en malos pasos, con calcetas de Vizcaya, que pesan como un demonio.