De Oñate a la granja

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Tan alegre entró en su cuarto, y con tal brillo de los negros ojos, que Hillo entendió que algún feliz encuentro habla tenido en el patio. Y al verse abrazado por su amigo, no pudo menos de interrogarle inquieto.

«Estamos de enhorabuena, mi querido clérigo. ¿No adivinas por qué? Porque se armará pronto… La cosa está madura. La Milicia como un solo hombre, el Ejército como un hombre solo.

—¡Que nos coja confesados, hijo!

—No, que nos coja libres… y si no, caerán los muros de esta infame Bastilla. El rugido popular ya se oye, clérigo mío; la indignación de la masa ya pronto estallará…

—¿Quién te ha llenado la cabeza, ¡oh joven inexperto! de ese viento malsano?

—¿Pero no sabes? La masonería invade el Saladero; se mete aquí con los presos políticos, y hace prosélitos de los cabos de vara… Y ahora, ¿no te parece que debes pedir a nuestra incógnita que nos saque pronto de este infierno? Si sigo aquí, conspiro, te lo anuncio; haré la propaganda del degüello de ministros, y créeme que hay en esos patios gente abonada para merendarse un par de Ministerios, y los dos Estamentos si fuese menester».


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