De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —Yo creo —indicó Fernando con sorna—, que la señora maga, si ha tenido poder para meternos en chirona con tanto salero, lo tendrá para darte a ti ¡oh venerable capellán! la reparación que te debe. ¿No dices que todo esto es pura comedia? Pues luego se te darán satisfacciones: resultará que te han preso por equivocación, que eres un sacerdote ejemplar, un santo misionero que ibas a las logias a predicar el amor al despotismo y la mansedumbre de los carneros de Dios… Como esta es luz, ten por cierto que la invisible no se quedará corta en la compensación. Para mí, en cuanto suban los nuestros, digo, los de ella, te largan una mitra, clérigo, una mitra, y no veo que se puedan tasar en menos los sofocones que te han dado.
—¡Mitra! No te burles.
—Bien te la has ganado, hijo: ya estoy viendo a Tu Ilustrísima echando bendiciones. Por de pronto, para quitarte el amargor de la cárcel, te tendrán dispuesta una canonjía… eso seguro, como si lo viera… A estas horas tendrá firmado el nombramiento el señor Álvarez Becerra…
—¿Crees tú…? Hombre, no puede ser… Pues mira, en justicia… No es que yo lo pretenda, que soy, como sabes, desinteresado hasta la pazguatería… Pero…
