De Oñate a la granja

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Revolviendo en su mente estas ideas, preparaba su probable, casi segura reconciliación con D. Juan Álvarez, hablando de él, en aquellas críticas circunstancias, con una benevolencia compasiva, que sería precursora de las alabanzas una vez que el largo cuerpo del gaditano acabase de caer al suelo. «Sí, hay que reconocer que lo que se hace con este hombre es inicuo —decía en un apretado corrillo en que estaban Trueba y Cossío, Donoso y otros muchachos inteligentes—. Nadie le ha combatido como yo, cuando le he visto metido en transacciones peligrosas con el enemigo… Pero ahora que se le quiere atropellar… ahora, ¡oh! nosotros, los patriotas de toda la vida, no tenemos vergüenza si no nos ponemos a su lado». Olózaga, que en aquellos días hizo su estreno parlamentario, sentando plaza de orador de primer orden, sostenía lo mismo que Iglesias, aunque con menos ardor, porque su posición le imponía otros miramientos. López y Caballero aspiraban a formar grupito aparte, y los santones, con Argüelles a la cabeza, se mostraban fríos en la defensa de Mendizábal, cual si desearan su anulación, antes que pudiese adquirir la jefatura indiscutible del poderoso bando popular.





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