El 19 de Marzo y el 2 de Mayo

El 19 de Marzo y el 2 de Mayo

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—Vamos ahora a rezar todos el Padre Nuestro. Si vieras, Gabrielillo —añadió dirigiéndose a mí—, ¡cómo me han mortificado estos cuatro enemigos! Uno me ponía rabos de papel en la sotana; otro tendía una cuerda desde la cama a la mesa para que al pasar me enredara las piernas y cayese al suelo; otro calentó la llave de la alacena y me abrasé los dedos cuando fui a abrir; y por último, con mi sombrero hicieron un muñeco que decían era el Príncipe de la Paz, y después de arrastrarle por el patio, iban a meterle en el fogón para quemarlo. Afortunadamente, la tía Gila acudió a tiempo. ¡Pero qué han de hacer, si ya no hay autoridad, ni se obedece a los superiores! Me parece que ahora van a venir tiempos muy calamitosos. Si cada vez que se les antoje quitar a un ministro salen gritando los cocheros de los príncipes con unas cuantas docenas de labriegos y soldados de la guarnición, de antemano seducidos, vamos a estar con el alma en un hilo. Gabriel, aquí para entre los dos, ¿no es indecoroso y humillante, e indigno que un Príncipe de Asturias arranque la corona de las sienes de su padre, amedrentándole con los ladridos de torpes lacayos, de ignorantes patanes, de bárbaros chisperos y de una soldadesca estúpida y sobornada? ¡Ay! Si yo no fuera un hombre corto de genio, y lo hubiera tenido para decirle al Príncipe de la Paz lo que se fraguaba; si él, siguiendo mis consejos hubiera puesto a la sombra a tres o cuatro pícaros como Santurrias y otros… Porque, créelo hijo, este borrachón es, según me han dicho, el que ha embaucado a medio pueblo para hacerle tomar parte en el alboroto… por supuesto, que ha corrido dinero de largo. Yo de buena gana castigaría a este hombre execrable a este pérfido sacristán; ¿pero cómo he de dejar sin pan a un viudo con cuatro hijos? Ya ves: se me parte el corazón al considerar que estos angelitos andarán por las calles pidiendo una limosna… Lo que antes te he dicho es cierto… El vulgo, esa turba que pide las cosas sin saber lo que pide, y grita viva esto y lo otro, sin haber estudiado la cartilla, es una calamidad de las naciones, y yo a ser rey, haría siempre lo contrario de lo que el vulgo quiere. La mejor cosa hecha por el vulgo resulta mala. Por eso repito yo siempre con el gran latino: Odi profanum vulgus et arceo… et arceo, y lo aparto… et arceo, y lo echo lejos de mí… et arceo, y no quiero nada con él.


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