El 19 de Marzo y el 2 de Mayo
El 19 de Marzo y el 2 de Mayo —¡Dios mío! ¡Corro allá! —exclamé sin poderme contener.
—¡Perro! —gritó Juan de Dios, asiéndome por un brazo—. ¿Allí la tienes guardada?
—Sí, allí está —contesté sin vacilar—. Corramos.
Juan de Dios y yo partimos como dos insensatos en dirección a mi casa.
En nuestra carrera no reparábamos en los mil peligros que a cada paso ofrecían las calles y plazas de Madrid, y andábamos sin cesar, tomando las vías más apartadas del centro, con tantas vueltas y rodeos, que empleamos cerca de dos horas para llegar a la puerta de Fuencarral por los pozos de nieve. Por un largo rato, ni yo hablaba a mi acompañante, ni él a mí tampoco, hasta que al fin Juan de Dios, con voz entrecortada por el fatigoso aliento, me dijo:
—¿Pero tú sacaste a Inés para entregármela después, o eres un tunante ladrón digno de ser fusilado por los franceses?
—Sr. Juan de Dios —repuse apretando más el paso—. No es ocasión de disputar, y vamos más a prisa, porque si los franceses llegan a meterse en mi casa…