El 19 de Marzo y el 2 de Mayo
El 19 de Marzo y el 2 de Mayo Casi sin esperar a que se consumara la sentencia de los que cayeron ante mí, les examiné a todos. Las linternas, puestas delante de cada grupo, alumbraban con siniestra luz la escena. Ni entre los inmolados ni entre los que aguardaban el sacrificio, vi a Inés ni a D. Celestino, aunque a veces me parecía reconocerles en cualquier bulto que se movía implorando compasión o murmurando una plegaria.
Recuerdo que en aquel examen una mano helada cogió la mía, y al inclinarme vi un hombre desconocido que dijo algunas palabras y expiró. Repetidas veces pisé los pies y las manos de varios desgraciados; pero en trances tan terribles, parece que se extingue todo sentimiento compasivo hacia los extraños, y buscando con anhelo a los nuestros, somos impasibles para las desgracias ajenas.
Algunos franceses me obligaron a alejar de aquel sitio; y por las palabras que oí me juzgué en peligro de ser también comprendido en la traílla pero a mí no me importaba la muerte, ni en tal situación hubiera dejado de mirar a un punto donde creyera distinguir el semblante de mis dos amigos, aunque me arcabucearan cien veces. Corrí hacia otro extremo del patio, donde sonaban lamentos y mucha bulla de gente, cuando un anciano se acercó a mí tomándome por el brazo.
—¿A quién busca Vd.? —le dije.