El 19 de Marzo y el 2 de Mayo

El 19 de Marzo y el 2 de Mayo

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—Su impaciencia por emprender el viaje —añadió doña Restituta, plegando de un modo indefinible el forro cutáneo de su cara— es tan viva, que la pobrecilla quisiera tener alitas para salir más pronto de aquí.

—Eso no —dijo D. Celestino algo amoscado—; que su tío no le ha dado malos tratos, para que así se impaciente por abandonarle.

Inés se arrojó llorando a los brazos del cura, y ambos derramaron muchas lágrimas. Por mi parte, tenía interés en que los Requejos no conocieran que un antiguo y cordial amor me unía a Inés, así es que disimulé mi sofocación, y acechándola fuera, cuando salió en busca de un objeto olvidado, le dije:

—Prendita, no me digas una palabra, ni me mires, ni me saludes. Yo me quedo aquí, pero descuida; pronto nos hemos de ver allá.

Llegó por fin la hora de la partida; el coche se acercó a la puerta de la casa. Inés entró en él muy llorosa y los Requejos tomaron asiento a un lado y otro, pues aun en aquella situación temían que se les escapara. Jamás he visto mujer ninguna que se asemejara a un cernícalo como en aquel momento doña Restituta. El coche partió, y al poco rato nuestros ojos le vieron perderse entre la arboleda. Don Celestino, que hacía esfuerzos por aparentar gran serenidad, no pudo conservarla, y haciendo pucheros como un niño, sacó su largo pañuelo y se lo llevó a los ojos.


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