Episodios nacionales para ninos

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El coracero clavó las espuelas a su corcel y, despreciando los tiros, se arrojó sobre el grupo. Yo vi las patas del corpulento animal sobre los hombros de la Primorosa, pero ésta, agachándose más ligera que el rayo, hundió su cuchillo en el pecho del caballo. Con la violenta caída, el jinete quedó indefenso y mientras la cabalgadura espiraba con horrible pataleo, el soldado proseguía el combate, ayudado por otros cuatro que a la sazón llegaron.

Chinitas, herido en la frente y con una oreja menos, se había retirado como a unas diez varas más allá y cargaba un fusil en el callejón del Triunfo, mientras la Primorosa le envolvía un pañuelo en la cabeza, diciéndole:

—¡Si te moverás al fin! No parece sino que tienes en cada pata las pesas del reloj del Buen Suceso.

El amolador se volvió hacia mí y me dijo:

—Gabrielillo, ¿qué haces con ese fusil? ¿Lo tienes en la mano para escarbarte los dientes?

En efecto, yo tenía en mis manos un fusil, sin que hasta aquel instante me hubiese dado cuenta de ello. ¿Me lo habían dado? ¿Lo tomé yo? Lo más probable es que lo recogí maquinalmente, hallándome cercano al lugar de la lucha y cuando caía, sin duda, de manos de algún combatiente herido.


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