Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Cómo se presentaba en mi alma atribulada aquel espectáculo en la negra noche, aquellos ruidos pavorosos, no es cosa que pueda yo referir ni palabras de ninguna lengua alcanzan a manifestar angustia tan grande. Llegaba junto al Espíritu Santo cuando sentí muy cercana ya una descarga de fusilería. Allá, en la esquina del palacio de Medinaceli, la rápida luz del fogonazo había iluminado un grupo, mejor dicho, un montón de personas, en distintas actitudes colocadas y con diversos trajes vestidas. Tras de la descarga oyéronse quejidos de dolor, imprecaciones que se apagaron al fin en el silencio de la noche. Después, algunas voces, hablando en lengua extranjera, dialogaban entre sí; se oían las pisadas de los verdugos, cuya marcha en dirección al fondo del Prado era indicada por los movimientos de unos farolillos de agonizante luz.
Llegué al fin al Retiro y en la puerta del primer patio me detuvieron los centinelas. Un oficial apareció en la entrada.
—Señor —le dije, juntando las manos y expresando de la manera más espontánea el vivo dolor que me dominaba—, busco a dos personas de mi familia que han sido traídas aquí por equivocación. Son inocentes: la Princesita no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo ni el pobre clérigo ha matado a ningún francés. Yo lo aseguro, señor oficial, y el que dijese lo contrario es un vil mentiroso.