Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos El palacio de Rumblar era un caserón de siglos pasados, de feísimo aspecto en su exterior. Las altas paredes, de ladrillo; las rejas, enmohecidas y rematadas en cruces; los dos escudos de piedra obscura que ocupan las enjutas de la puerta, cuyo marco apainelado y con vuelta de cordel parecía remontarse a fecha más antigua que el resto de la casa; las dos ventanas, angreladas junto a un mirador moderno; el farol, sostenido por pesada armadura de hierro dulce, en cuyo centro se retorcían algunas letras iniciales y una corona dibujadas con las vueltas del lingote; las guarniciones, jalbegadas alrededor de los huecos; los pequeños vidrios, las celosías, y la diversidad y variedad de aberturas practicadas en el muro, según las exigencias del interior, le asemejaban a todas las antiguas mansiones de nuestros grandes. Por dentro resplandecía el blanco aseo de las casas de Andalucía. Había gran sala baja, capilla, patio con flores, habitaciones con zócalo de azulejos amarillos y verdes; puertas de pino, lustradas y chapeadas, gran número de arcones, muchas obras de talla, cuadros viejos, jaulas de pájaros, finísimas esteras y, sobre todo, una tranquilidad, un reposo y plácido silencio que convidaban a residir largo tiempo en aquella mansión.