Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Pasando ahora de lo grande a lo minúsculo, sabréis que nuestro amo, el primogénito de Rumblar, se nos perdió en lo más rudo de la batalla. Terminada ésta, y viendo la desolación de la condesa y de las adorables niñas, Marijuán y yo pedimos licencia para salir a buscarle. Acompañados del afligido preceptor, que lacrimoso y suspirante creía encontrar a su amado discípulo entre los muertos, recorrimos todo el campo por una y otra parte, llegándonos al fin, para que nada nos quedase por investigar, a la ermita de San Cristóbal, próxima a las posiciones de Vedel.
Ya nos volvíamos descorazonados, cuando vimos que, camino abajo, hacia nosotros, venía un joven saltando y jugando, con aquella volubilidad y ligereza propia de los chicos al salir de la escuela. A ratos corría velozmente; luego se detenía, y acercándose a los matorrales sacaba su sable y la emprendía a cintarazos con un chaparro o una pita; luego parecía bailar, moviendo brazos y piernas al compás de su propio canto, y también echaba al aire su sombrero portugués para recogerlo en la punta de la espada.
—¡Qué veo! —exclamó don Paco con súbita exaltación—. ¿No es aquel mozalbete el propio don Diego; no es mi niño querido, la joya de la casa, la antorcha de los Rumblares?… Eh…, don Dieguito, aquí estamos… venid acá.