Episodios nacionales para ninos

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En cuanto depositamos los costales de harina en el almacén de la Junta de Abastos, busqué a mi amigo inseparable Agustín Montoria. Después de dar mil vueltas por la ciudad, le hallé, a la caída de la tarde, en el molino de pólvora, instalado hacia San Juan de los Panetes. Ayudaba con febril actividad a los que ponían en sacas y en barriles la cantidad fabricada en el día, que era de nueve a diez quintales. Horriblemente atribulado estaba el pobre chico por el atropello de la casa de su novia: aquel desagradable suceso agrandaba el inmenso abismo que le separaba de la realización de sus amorosos deseos. La idea de morir se posesionaba de su espíritu. Su mayor gusto sería rodearse de aquella enorme masa de pólvora, y darle fuego, y volar hasta el quinto cielo para caer mego hecho cenizas… Yo me reí. Por apartar de su mente tan lúgubres ideas, me le llevé a las Tenerías, donde se habían emprendido grandes obras de fortificación, para contrarrestar las cincuenta bocas de fuego que los franceses habían emplazado desde San José a la desembocadura de la Huerva. Defensas eran, como veréis luego, de mazapán y guirlache; pero las endurecía y amargaba el alma aragonesa que llevaban dentro.





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