Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Nuestro valeroso jefe ordenó que algunos hombres se repartieran en distintos puntos de la casa, dejando un par de escuchas en el patio para atender a los golpes de la zapa enemiga, y a mí me tocó salir fuera con Agustín para traer algo de comida, que a todos nos hacía mucha falta. El hambre mermaba rápidamente nuestras fuerzas y apenas podíamos tenernos.
—¿En qué parte de la tierra o del cielo —me dijo Agustín— encontraremos algo de condumio?
—Esto tiene que acabarse pronto de una manera o de otra —respondí—. O se rinde la ciudad o perecemos todos.
Al fin, hacia las piedras del Coso, encontramos una cuadrilla de Administración, que estaba repartiendo raciones, ávidamente tomamos las nuestras, llevando a los compañeros todo lo que podíamos cargar. Recibiéronlo con gran algarabía y cierta jovialidad impropia de las circunstancias, pero el soldado español es y ha sido siempre así. Mientras comían aquellos mendrugos tan duros como el guijarro, cundía la opinión unánime de que Zaragoza no podía ni debía rendirse nunca.
Era medianoche cuando empezó a disminuir el fuego. Los franceses no conquistaban un palmo de terreno fuera de las casas que ocuparon por la tarde, aunque tampoco se les pudo echar de sus alojamientos. Esta epopeya se dejaba para los días sucesivos.