Episodios nacionales para ninos

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Insistió la Candiolita en volver a las ruinas de su casa; pero como apenas tenía ya fuerzas para moverse la llevamos en brazos a una casa de la calle de los Pabostre donde estaba Manuela Sancho… Y yo corrí hacia la plaza de San Felipe. Vi arder por los cuatro costados el magno edificio de la Audiencia; vi otros cuadros siniestros y horribles; vi, en fin, la casa del mísero avariento, y a éste sentado en el lugar culminante de los escombros, los codos en las rodillas, la cabeza entre las manos, de vez en cuando variaba de actitud para dar al viento sus quejas y pedir a Dios y a los hombres un auxilio que no querían darle. No pedía nada que digamos el desdichado señor; no se contentaba con menos que con solicitar la suspensión de la defensa para que todos, paisanos y soldados, nos dedicásemos a desescombrarle la casa hasta exhumar el oro y la plata, los pagarés y demás papelorios que en aquella inmensa sepultura yacían. Cuando me adelanté hacia él, trepando con dificultad por los montones de cascotes y le ofrecí pan y cecina, mostróse más indignado que agradecido. Maldijo a las autoridades civiles y militares, maldijo el patriotismo mantenedor de una defensa obstinada, que acabaría con vidas y haciendas; vomitó improperios y maldiciones contra su hija, a quien acusaba de haberle vendido a los Montorias, puso cual no digan dueñas a Guedita, que le llevó un jarro de mal vino y mendrugos de pan, y, por fin, a mí me despidió con estas palabras descorteses:


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